
Somos lo que proyectamos y proyectamos lo que queremos ser. Y es que Nicolás Maquiavelo ya lo decía en el S.XVI “pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”. Cuántas tripas rugen a la espera de que se inmortalice la comida en una fotografía; cuánta gente tiene que esperar a entrar en un probador porque detrás de la cortina hay una persona haciéndose fotos con la ropa que, seguramente, no vaya a comprar; y cuántas puestas de sol nos perdemos por querer captar ese instante a través del visor.
Anteponemos nuestra obligación social a nuestro bienestar. Y no sé qué es peor, si perder horas de sueño por revisar las últimas apariencias de nuestros miles de “amigos” antes de dormir o si buscar la mejor perspectiva del café en vez de reír con nuestros amigos y familiares. Pero es que, ¿qué podemos esperar de un mundo en que la perfección se valora más que la autenticidad? Hasta las empresas buscan nuestros perfiles en las redes sociales para ver cómo somos, cómo vivimos y cómo nos sentimos en Facebook para darnos ese puesto que tanto anhelamos y que perdemos por esa fiesta del sábado anterior en la que las copas se apoderaron de nuestra razón.
Ha llegado un punto en que ya no solo vivimos por nosotros mismos, sino que también lo hacemos por esos centenares de seguidores y amigos que esperan ver lo mejor, o lo que creen que es lo mejor, de nuestras vidas. Y es que "vivir el instante" es cosa del pasado y "compartir es vivir" supone la esclavitud del S.XXI.
Quizás nos estemos volviendo locos y la fiebre del sábado noche se haya extendido por todo nuestro cuerpo. Por eso quiero un mundo en el que la gente muera de vejez en vez de por buscar el mejor selfie al lado de un acantilado; quiero un mundo en que los accidentes sean naturales y no por estar viendo el móvil mientras conduces a 120 km/h; quiero un mundo en el que la elección del amor sea libre y no por consenso social. Y es que la clave está en el amor propio y en dejar atrás la esclavitud de ser perfecto.

La obligación social de cumplir años
Iba yo por la calle con la cabeza agachada y el móvil en las manos. Cada día me hallo más en mis pensamientos. El tiempo es algo que ya no existe. O al menos para mí, ya que me ciño a andar deprisa, dormir poco, trabajar mucho y cobrar poco. Pero a veces levanto la cabeza para observar mi alrededor y comprobar si soy la única que anda con el ceño fruncido y las manos ocupadas.
Para mi sorpresa veo a esa persona que no veo desde hace un año. Es Olivia, una buena amiga de la escuela que compartía conmigo el bocadillo de las once cuando a mí se me había olvidado. En aquellos dulces años pensaba que nuestra amistad iba a traspasar fronteras. Pero lo único que traspasó fue la puerta del colegio. Momento en que ya poco volví a saber de ella hasta pasado un año. Y así se ha ido repitiendo durante 11 años. Mis desesperados deseos porque no se repita la misma historia un año más me obliga a agachar la cabeza casi al instante. Pero, como últimamente, la suerte no me sonríe.
- ¡Cere, cuánto tiempo! Justo estaba pensando en ti.
- Hola Olivia. Perdona es que estaba pensando en mis cosas y no me había percatado de que estabas ahí.
- Justo iba a hablarte. Ya sabes que para mí eres una incondicional.
- Claro -finjo una amplia sonrisa al recordar que “eres una incondicional” significa que no me acuerdo de ti hasta que viene el día de mi cumpleaños-. Bueno Olivia, me marcho que tengo prisa.
- Espera. Como ya sabrás se acerca el día de mi cumpleaños y lo voy a celebrar a lo grande este sábado donde siempre. No todos los días se cumplen 23 años, ¿no? -y la veo con tanta ilusión que percibo que un año más cederé a su invitación-.
- Ah, claro. Pensaba que el cumpleaños de los 22 iba a ser el último. Cómo también lo celebraste a lo grande.
- Ja ja ja. Tienes razón. Pero reunirnos todos no tiene precio.
Claro que no. Ni la cena de 20 euros que cada invitado se paga él mismo porque un sándwich mixto y una botella de agua no entra dentro del menú. Además, nunca entenderé porqué se ha puesto de moda que un cumpleaños lo pague el invitado y no el que invita. Cómo diría mi abuela “eso antes no pasaba”. Y tampoco tiene precio el regalo de 30 euros que tienes que hacer porque ir con las manos vacías es un feo imperdonable y que, además, tiene que superar al del año anterior para aparentar que cada vez la vida te va mejor.
- Estás en todo eh -digo de manera sarcástica-.
Quizás debería plantearse que si no nos reunimos en todo un año es porque no tenemos ni interés ni ganas. Pero claro, decir que has celebrado un cumpleaños para 100 personas te convierte en una persona querida. Aunque llenar un local durante un día no compensa los 364 días restantes de soledad en un banco con tu única amiga. Obviamente no pilla el sarcasmo.
- Ya sabes que soy así desde que compartía contigo mi bocata a pesar de lo hambrienta que estaba ja ja ja.
Tocada y hundida. Esos bocadillos de fiambre van a ser mi perdición de por vida. Jamás me perdonaré ese despiste infantil que me condena cada año a reunirme con personas que o ya no soporto, o me son indiferentes.
- Bueno Olivia, me tengo que ir. Nos vemos el sábado en tu fiesta -e intento mostrar una sonrisa lo más sincera que puedo-.
Es entonces cuando me dispongo a buscar un bonito regalo, un modelito y la tarjeta bancaria para hacer frente a esa obligación social que cada año me atormenta.